Era una mañana tranquila en el pequeño restaurante llamado «El Estudio» en UCLA. Las paredes de vidrio hacían que las hojas de los árboles llamaran tu atención. Eran hipnotizantes de observar mientras se entrelazan con la brisa ligera. Las ardillas se dispersaron al escuchar cómo el viento se intensificó. Y, aunque la Madre Naturaleza se volvía cada vez más caótica ante mí, mi mente se despejaba aún más, hasta que vi a una chica levantarse de su asiento y correr apresuradamente hacia fuera del pequeño restaurante.
Y las ardillas se volvieran aún más dispersas.
Y estaba completamente desconcertado.
Pero imagina que esto todavía no ha sucedido y estás en mi posición: intentando concentrarte en tu tarea en el restaurancito lleno de gente jal. Te captura la atención de un muchacho sentado solito en un sofá. Como casi ya no había donde sentarse, una muchacha se puso justo enfrente de él. Sentí que la intensidad aumentaba debido a la situación ligeramente incómoda que la chica había causado al sentarse en su área de soledad.
Y, sin fijarte en la situación incómoda ya más, vez que el muchacho ya iba caminando fuera del restaurante, y de repente la muchacha brinca de su asiento para ir corriendo tras de él con su sándwich, media-comida, todavía en la mano. Lo que la muchacha hizo fue simple pero poderoso.
Le entregó la carretera que el muchacho había dejado en el sofá.
Si esa mujer no se hubiera sentado frente de él, no se hubiera dado cuenta que dejó su carretera. Y después, el hombre habría tenido un pésimo día.
Me hizo pensar en el arte de aquellos que consideramos extraños.
¿Qué podemos aprender de la historia heroica de esta muchacha?
Hay muchas formas de interpretarla. Primeramente, podemos apreciar la acción que tomó la muchacha y su atención fija al notar que la pequeña carretera estaba ahí. O su dedicación a entregarle la carretera olvidada por no dudar correr tras él al instante. Sea lo que sea, la muchacha nos enseña la voluntad/responsabilidad ciudadana que cada uno debemos a los extraños: la cual muchos no aceptamos.
Mientras camino a clase, veo caras inclinadas, fijadas en la pequeña y poderosa pantalla de sus teléfonos. Algunos casi tropiezan y a otros tengo que vigilar estrictamente para que no tropiecen conmigo.
Mi conclusion?
Vivimos en un mundo distraído. Gente productiva pero a la vez sometida. Sometida al estímulo constante.
Ahora, imagina si la muchacha estaba sometida a su teléfono mientras comía su sándwich.
Nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Cuál es nuestra responsabilidad como miembros de esta civilización moderna? ¿A qué exento permitimos a contribuir a extraños?
Antes de asistir a UCLA, yo me considerara como una persona con alta responsabilidad ciudadana dado que vivía en una comunidad pequeña. Sentía una obligación de contribuir a quienes ayudan a mantener mi comunidad sana. Pero, al situarme en UCLA, me di cuenta que ser sincera a todos requiere mucha más energía. Si yo detengo la puerta abierta para una persona Ahora, detengo la puerta para 10. Entonces, he tenido que cambiar mi forma de ser con los extraños porque tratar de invertir mi tiempo y energía a cada quien se inhibirá a ser una persona honestamente sincera.
Entonces, ¿a dónde se llega el exento?
En mi opinión, esa respuesta depende de tu voluntad y, por ende, tu capacidad de mantenerte sincero con otros. Esta capacidad varía mucho entre cada quien: no hay necesidad de esforzarte fuera de tus límites para caer bien con todos.
Recuerda: hay un límite y todos llegamos a tal punto.
Y recuerda que no tienes que ser como la chica heroica con todos. Tu energía es valiosa, permite que se manifieste en lo que te devuelve energía, y de esta manera lograrás equilibrio en tu vida armoniosa. Manifiestalo.
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