Es algo que todos hacemos cada día; algunos lo piensan más que otros.
La alimentación.
Qué simple suena la palabra, ¿no?
Cuando tienes hambre, ¿qué haces? ¿Abres tu teléfono para ordenar algo rápidamente o abres el refrigerador para expresar un poco de tu creatividad en la cocina? Yo diría que ambas pueden ser buenas opciones; todo depende de los alimentos que decides consumir mientras armas tu plato.
Yo, por ejemplo, he sido muy consciente de mi nutrición durante varios años. Por esta razón, no me gusta referirme a ello como una “dieta”, sino como un estilo de vida que naturalmente me lleva a seguir una alimentación saludable. Cada uno de nosotros tiene un estilo de vida único, y por eso la alimentación más “saludable” para ti puede verse completamente distinta a la de otra persona. Así que no intentes comparar lo que comes con lo que alguien más come. Al final del día, la meta es buscar y priorizar los alimentos que más benefician a tu cuerpo.
Experimenta con distintos enfoques: existe la dieta cetogénica, la mediterránea, el pescetarianismo y, más comúnmente, el veganismo, entre muchas otras. A medida que te vuelves más consciente de lo que comes, vas formando —casi sin darte cuenta— un estilo de vida más saludable y alineado contigo.
Hoy en día, las llamadas “dietas saludables” se están volviendo cada vez más populares, lo cual puede generar mucha confusión entre lo que supuestamente es un alimento “bueno” o “malo”. Pero por favor, abstente de caer en esa trampa. No es necesario poner etiquetas imaginarias a cada cosa que comes. Es mucho más útil saber de qué está hecho un alimento y cómo puede beneficiar —o posiblemente afectar negativamente— a tu cuerpo.
Algo que a mí me encanta sentir al comer es que estoy nutriendo tanto mi cuerpo como mi mente. Si no estoy segura de que algo me va a beneficiar, prefiero no comerlo. Si tengo dudas sobre su calidad o su preparación, elijo abstenerme. Para mí, eso es una forma de respeto propio.
Dicho esto, no recomiendo seguir una alimentación estricta el 100 % del tiempo. De vez en cuando disfruto unas onzas de chocolate oscuro al 80 % o un pan dulce acompañado de mi café por la mañana. No se trata de perfección, sino de encontrar un equilibrio entre los dos extremos. Con pequeños hábitos —como tomar suficiente agua, revisar los ingredientes de los alimentos procesados, e informarte sobre los micronutrientes esenciales— empezarás a sentirte más segura y confiada en la forma en que nutres tu cuerpo.
Al final, eso es lo que más importa. Porque si tu cuerpo no recibe las vitaminas y minerales que necesita, simplemente no puede funcionar de manera óptima.
La alimentación no tiene que ser complicada; tiene que trabajar para ti. Pregúntate: ¿cómo me hará sentir esto en las próximas dos horas? ¿Qué estoy comiendo realmente? ¿Qué nutrientes y macronutrientes contiene? Enfócate en los hechos, no en las opiniones ajenas. Escucha las señales que te da tu cuerpo, porque al final del día, tú eres quien va a vivir en él el resto de tu vida.
Hoy te invito a que la próxima vez que comas algo, lo observes con intención. Presta atención a su valor nutricional, aprecia y saborea cada bocado. Hazlo por tu propio bienestar.
¡Provecho!
Leave a comment