En mi otro blog post hablé de las inseguridades comunes que tenemos como humanos. Pero me di cuenta de que faltó algo importante: hablar de las mías.
¿De qué sirve hablar de inseguridades y animar a otros a expresarlas si yo misma no lo hago?
La realidad es que yo también tengo muchas inseguridades. No sé qué quiero hacer cuando me gradúe. No sé si voy a pasar todas mis clases con las calificaciones que esperaba. No sé si estoy manejando bien mi tiempo. No sé si debería estar escribiendo este blog. Y la lista sigue.
Pero hay algo que he aprendido y quiero resaltar: la importancia de la autoconciencia.
El primer paso para cambiar algo en nuestra vida es reconocer exactamente qué queremos mejorar. Una vez lo identificamos, podemos empezar a tomar acciones concretas para resolverlo.
En mi caso, uno de los mayores retos ha sido la gestión del tiempo.
Cometí el error de subestimar la cantidad de tiempo de estudio que requieren mis clases en mi primer año en UCLA. Aunque estoy relativamente familiarizada con la biología y la química, la forma en la que se aplican aquí es muy distinta a la que estaba acostumbrada.
He tenido que adaptarme a estos cambios, y honestamente, todavía estoy en ese proceso. A veces dudo de mis habilidades académicas. A veces me siento perdida en mis propios pensamientos, tratando de resolver problemas que ni siquiera sé cómo abordar. Intentando entender las clases, intentando mantener el ritmo, intentando descubrir quién quiero ser en el futuro.
Y he aprendido que nada de esto es fácil.
Requiere esfuerzo intencional hacia lo que realmente quieres lograr.
Por ejemplo, si sueño con ser doctora, necesito priorizar mis estudios para poder desempeñarme bien en mis exámenes y obtener buenas calificaciones. También quiero cuidar mi salud, lo que implica comer bien, mantenerme hidratada y organizar mis comidas de forma consciente.
Y no es solo eso. Tengo muchas metas distintas, y cada una requiere estrategias diferentes. Manejar todo al mismo tiempo ha sido abrumador. Ha generado estrés con mis clases, lo que afecta mi trabajo en laboratorio, mis niveles de energía, mi enfoque… y se convierte en un ciclo difícil de romper.
Pero aquí está el punto clave: todo cambia cuando decido intervenir a tiempo.
Sé que puedo hacer ajustes en mi vida para reducir el estrés y mejorar mi enfoque. Sé que puedo crear rutinas que me ayuden a mantenerme organizada. Sé que soy capaz de confiar más en mí misma.
Por eso, me prometo a mí misma —y te invito a hacerlo también— que no voy a sacrificar mis metas por miedo a fallar.
Porque fallar no es el final.
Fallar enseña. Fallar construye. Fallar transforma.
Aunque he sentido que he fallado muchas veces en la universidad, también sé que cada una de esas experiencias me está ayudando a convertirme en una persona más resiliente, fuerte y disciplinada.
Al final, hay que tener fe en nuestra capacidad de crecer, aprender y seguir avanzando.
El cielo es el límite.
Leave a comment